jueves, 9 de julio de 2020

EN EL NOMBRE DE DIOS







































Es tiempo de cantar vuestras grandezas:
Españoles ¿qué hacéis? si está dormido
Con opio Mexicano de riquezas
Aquel Numen, que docto y aguerrido
Os dictaba, ya Rimas, ya proezas; 5
Despertadle otra vez al mismo ruido,
Y que me diga de esta Nueva España
A qué Varón se debe, y a qué hazaña.
No me ofrezcáis en el Castalio Coro
La Marcial trompa ni la tierna Lira, 10
Pues para asunto de tan gran decoro
Es fácil la ilusión, vil la mentira:
Verdad augusta, sola a ti te imploro,
Que siendo tuyo el soplo que me inspira,
El calor blando, que en mi vena advierto, 15
Hará Fábula grata un hecho cierto.

Reinaba Mo[c]tezuma soberano
Cuyo Estado formaba un Hemisferio:
Treinta Caciques bajo de su mano,
Juzgaban gloria el duro cautiverio 20
Mas aunque grave liberal y urbano,
No era tan grande Rey como su Imperio,
Pues jamás conoció su alma insensata
Del hombre el oro, ni el precio de la plata.
Tres mil Damas el lecho le mullían, 25
Tres millones de Esclavos le temblaban;
Los Próceres descalzos le servían,
Sus tesoros los Ricos tributaban;
Los Pobres, si indigentes se veían,
Abriéndose las venas sangre daban; 50
Y se inmolaban veinte mil cautivos
A dos mil de sus Dioses vengativos.
Monarca, sin amigos ni prudencia,
En néctar de deleites anegado,
Llamaba error la noble independencia 55
Del Tlascalteca, pueblo denodado;
Mientras que devorada de impaciencia
Toda la infiel Nación rogaba al Hado,
Para romper el yugo que la abruma
Que hiciese desgraciado a Mo[c]tezuma. 60
A esta sazón la Fama, aquella Harpía
De tantas alas, tantas bocas, y ecos,
Dijo: que por la parte donde el día
Nace del Golfo, cuando ya más huecos
Forman en arco un seno, o gran bahía 65
Los montes de los Indios Chalchicoecos,
Unos monstruos pisaban las arenas
Del aire Grifos3 , si del mar Ballenas.
Que estos navíos, o canoas fieras
Vomitaban allí de sus entrañas 70
Ciertos hombres, Deidades, o quimeras
Con trajes y figuras muy extrañas;
Quienes bebiendo el viento a las esferas
En brutos que surcaban las campañas,
Daban motivo al más inteligente 75
De dudar si eran dos, o era un viviente.
Que el hombre al Indio daba con sus ojos,
Vibrando chispas, repentina muerte:
Que con la diestra fulminaba abrojos
Puesta en la brida la siniestra fuerte; 80
Quizá temiendo él mismo los enojos
De aquella bestia, que si bien se advierte,
Impregna el aire al golpe de sus huellas
De relinchos espumas y centellas.
¿A quién no consternó tal maravilla? 85
Sonó el rumor por toda la Comarca:
México teme, México, la Silla
Del vasto imperio, Corte del Monarca;
Ciudad soberbia, que ensalzada brilla
Sobre el lago de un agua dulce y zarca, 90
Cuyas calzadas forman cuatro diques
Sudor de los Culúas4 y Caciques.
Túrbase Mo[c]tezuma, y determina
(Tan cobarde en virtudes como en vicios)
Aplacar esta Gente peregrina 95
Con prendas de atención y beneficios:
Queriendo más tenerla por Divina
Y hacerla como a Dioses sacrificios,
Que provocar en guerra contingente
Una Nación mortal, pero valiente. 100
A dos caciques fía el gran mensaje,
Teutillo y Pilpatito, campeones
Émulos en valor honra y linaje:
En cofres de caoba y algodones
Trescientos Indios cargan el bagaje 105
De los perfumes y los ricos dones,
Seguidos de cautivos aherr[oj]ados,
Víctimas a las aras destinados.
"Ya veis (les dice) de cuán triste agüero
Es esta novedad a mi corona: 110
El Rebelde se muestra placentero,
El Sueño, el Cielo, todo me abandona:
Yo a buscar al Jefe aventurero,
Y obsequiado en mi nombre su persona,
Pedidle con firmeza que se aleje, 115
Que lleve el oro, que la tierra deje».
Dijo: y partiendo al punto la embajada,
No todos la creyeron oportuna,
Pues ardió el Polo en una noche helada,
Ciñó un Cometa la eclipsada Luna; 120
Con temblores la Tierra desquiciada
Sacó de madre hirviendo la Laguna;
Y en el horror de tales convulsiones
Suelen leer sus Hados las Naciones.
Tiene un paraje México (¡qué encanto!) 125
En lo mejor del Lago y su ribera,
Donde fue diversión del Cielo Santo
Juntar a un tiempo Otoño y Primavera:
El Indio ocioso mira con espanto
Flores y frutos, mies y sementera, 130
Prende las Aves, y combate astuto
Con anzuelo y saeta al Pez y al Bruto.
Un noble Alcázar pues, aquí descuella
Esmero de las Artes Mexicanas;
La arquitectura es simple, pero bella, 135
Van desnudas sus Gracias como Indianas.
La Fortuna con seno de Doncella
Llama al favor las almas cortesanas;
Pero tan voluptuoso frontispicio
Era por dentro un bárbaro edificio. 140
Veníais escoltando al alto trono
El vil Recelo y pálido Sospecha;
La Traición, la Calumnia, el Abandono,
Manchando en su ponzoña arpón y flecha:
De la superstición el cruel Encono 145
Bañando en sangre humana la derecha;
Y al Rey, errante en alas de temores,
Esperando los dos Exploradores.
Vuelven en fin, y para aquella audiencia
Toda la Corte y la Ciudad convoca: 150
Teutillo, haciendo humilde reverencia,
Sobre un banco de jaspe se coloca:
Sólo el temor perturba su elocuencia,
Y la atención pendiente de su boca,
En medio del silencio y del concurso 155
Empezó a pronunciar este discurso.
Pues me mandáis, invicto Rey, que os diga
Todo cuanto hemos visto y observado
En esta tropa ilustre y enemiga,
Como quien sois, mostraos preparado 160
Parte al asombro, parte a la fatiga;
Y perdonad, si no es de vuestro agrado
La relación que emprendo, o si la pena
Mi débil voz anuda, y me enajena.
Había perdido ya toda su frente 165
El Astro de la noche, y cuatro soles
Eran pasados, cuando con mi Gente
Pude avistar los bravos Españoles:
(Así se llaman esos del Oriente,
Blancos, con barbas, y de grandes moles) 170
Y los hallé por fin en Zempoala
Con Indios de Cholula y Tlascala.
¿Cuál fue mi confusión a pocos pasos,
De que los que asustaban a millones
Fuesen quinientos hombres bien escasos, 175
Que fuesen hombres, y hombres con pasiones?
Mas hombres, Gran Señor, que en todos casos
Manifiestan al Mundo sus acciones,
Que les dio el Sol su padre desde luego
Cuerpos de pedernal, y almas de fuego. 180
Recibionos el Jefe muy gozoso,
Es su nombre Cortés, y ¡qué discreto
Bajo de un velo afable y majestuoso
Supo ocultar un corazón inquieto!
Acerqueme a sus pies, y con reposo, 185
Que pareció pavor y era respeto,
Le ofrecí en vuestro nombre el Real presente,
Y en alta voz, le dije lo siguiente:
El Monarca de México, el triunfante
Gran Mo[c]tezuma, Poderoso y Justo, 190
Como un Astro benigno y Rey Galante,
Salud te envía de su solio augusto,
Pidiendo solamente que al instante,
Sin dolo ni pasión, le hagas el gusto
De explicarle el Enigma de quién eres, 195
De do vienes, qué buscas, y qué quieres.
Si eres un Dios benéfico y propicio,
Aquí tienes inciensos, oro y plata;
Si eres un Genio de siniestro auspicio,
He aquí víctimas prontas, hiere y mata; 200
Y si eres hombre, como das indicio,
Toma para el sustento fruta grata,
Para el abrigo, regias vestiduras,
Para el adorno, plumas y pinturas.
Nosotros (respondió Cortés al punto 205
Con un aspecto entonces más que humano)
No somos Dioses, mas en el conjunto
De lo invicto, lo ilustre y castellano,
Excedemos sin duda en todo asunto
A los Dioses que teme el Mexicano: 210
Recibo con placer los donativos,
Pero no inmolaré vuestros cautivos.
Que el Dios que adoro, el Dios a quien me humillo,
Es Dios de Amor y Paz, no es Dios sangriento;
Nuestro culto es augusto, más sencillo, 215
Y el mismo Dios es hostia y alimento;
Ven a ver por tus ojos, oh Teutillo,
Aquello que no cree tu entendimiento,
Pues por fortuna es hoy la vez primera
Que bajará del cielo a esta ribera. 220
Era el altar un césped y una piedra;
El templo, veinte palmas, cuya nave
Coronaba un festón de verde yedra;
El Sacerdote con el rostro grave,
Que atrae a todos y a ninguno arredra, 225
Pan consagraba y un licor suave.
Confieso que al mirarme en tal santuario
Me transporte de un rapto involuntario.
Así que se acabó la pura ofrenda,
Lleno Cortés del Dios que había gustado, 230
Nos dijo de la entrada de su tienda:
«Indios oíd, el Cielo está enojado
Con vuestro culto y Religión horrenda.
La Virtud, la Razón, la Fe, me han dado
Poder de vindicar sus santas Leyes 235
De falsos Dioses, y de injustos Reyes».
Esto decía, cuando se acercaron,
Con el horror grabado en el semblante,
Algunos de los suyos y le hablaron:
Él los escucha... piensa... y al instante 240
Marcha con todos cuantos le encontraron
Mandando lo sigamos, semejante
Al más veloz deshecho torbellino,
Que arrasa el campo, abriéndose camino.
Enderesose a nuestro Adoratorio,
Y ya sabéis como ninguno iguala
En las dos altas torres y el cimborio
De cráneos de hombres al de Zempoala:
Era aquel el instante perentorio
En que el Ministro, que furor exhala, 250
Esgrimiendo el cuchillo, lo asestaba
Al corazón del Indio, que temblaba.
«Detente Matador (clamó subiendo
El Héroe pronto por las treinta gradas)
Para... qué estás fanático ofendiendo 255
La Humanidad, y al Cielo desagradas:
Y metiéndose al punto entre el tremendo
Sacerdote y las víctimas atadas,
Le manda renunciar al sacrificio,
O que le arrojará del precipicio. 260
Al ver este espectáculo increíble,
Como el Golfo que el Ábrego5 embravece
Cuyo tumulto de olas es terrible,
Murmura el Pueblo, se amotina, y crece:
Pero Cortés, escollo inaccesible, 265
Que el Mar salpica y a su pie fallece,
Con los ojos, la voz, la acción, la espada,
Dejó la multitud muda y pasmada.
Parece que aún le veo, cuando ordena,
Inflamada de ardor su noble cara, 270
Que sus Huestes hiciesen la faena
De demoler los Ídolos y el Ara:
¡Dioses, yo os vi rodar sobre la arena!
¿Templo, tú no caíste? ¡Ah! ¡Quién pensara
Que el Gran Vitzilipuztli Omnipotente6 275
Se dejase insultar impunemente!
¿Podré yo hablar? ¿Podré explicar ahora
Las ansias y sorpresas de aquel día?
¿Al cruel Ministro que su afrenta llora?
¿Al cautivo que tierno bendecía 280
La mano tutelar y bienhechora?
¿Al Vulgo infiel que en bandos se partía?
No lo diré, Señor, ni me lo mandes,
Pues me llaman objetos aún más grandes.
Todavía duraba bien profundo 285
En nuestro pecho atónito aquel sueño
De un hombre, que venido de otro mundo
Mandaba a nuestros Dioses como
Dueño, Cuando de un espectáculo segundo
Queriendo hacer alarde el Extremeño, 290
Dispone que las tropas de su tierra
Nos den la horrible imagen de la guerra.
Ellas se presentaron a la vista
Sobre aquellos fogosos animales,
A cuya intrepidez no hay quien resista. 295
¡Oh qué esclavos tan fieros! ¡Qué leales!
No permitan los cielos que te embista
La Espalda, ni el Fusil de esos metales,
Que cambian por el oro sin cordura,
El oro, autor de nuestra desventura. 300
Ojalá que no escuches los bramidos
De otra Máquina aleve y retumbante
Que aturde entorpeciendo los oídos;
Y que eructando un humo rutilante
En bostezos cien veces repetidos, 305
Lanza la piedra y rayo devorante:
Fatal ventaja, Máquina funesta,
Que algún Trasgo maligno les apresta.
Figúrate la Nube que pequeña
Suele abortar de su preñado seno 310
Relámpago fugaz, que se despeña
De valle en valle donde dobla el trueno,
A cuyo horror se esconde por la breña
El gamo incauto de pavores lleno:
Tal es el Indio nuestro cuando escucha 315
El choque de estas armas y la lucha.
¿Viste también el Orizaba fiero,
Cuando en sus erupciones más se irrita,
Que estremece este Reyno todo entero
Y azufre, pómez, lava, y pez vomita, 320
Por ser la fragua donde un Dios guerrero
Forja centellas, Cíclopes concita?
Pues así el Español con sus hechizos
Sabe encender volcanes movedizos.
Bien presto las Falanges se despliegan, 325
Se reúnen, se atacan, se retiran,
Y aparentan que danzan, o que juegan
Cuando más se ensangrientan y conspiran
Los golpes de sus armas siempre llegan
A donde nuestros Arcos jamás tiran, 330
Que aunque pongamos a las flechas alas,
Con mayor rapidez vuelan las balas. 
Los Indios, ah! Por una injusta suerte
Sabemos romper cráneos, truncar cuellos,
Sabemos arrostrar y dar la muerte, 335
Pero no la sabemos dar como ellos...
Al decir esto, dio un suspiro fuerte
Teutillo, y con las manos y cabellos
Ocultando su llanto y su tristeza,
Puso entre las rodillas la cabeza. 340
Reinó el silencio... y todo el Real palacio
Miraba atento al Rey... EL Rey confuso,
Después de meditarlo muy despacio,
Hizo seña al Cacique, según uso,
Extendiéndole el cetro de topacio; 345
Y con voz animada le propuso,
Que acabase de hablar sin cobardía,
Pues él mandaba y el valor oía.
Mas Teutillo callaba; y Pipaltito
Desarrollando un lienzo, donde había 350
Pintado con primor muy exquisito
Naves, caballos, gente, artillería,
Trajes, armas, libreas... alzó el grito,
Y dándolo al Monarca, le decía:
Dejad Señor, que mudo ya el Cacique, 355
Hable este Cuadro, y que él nos justifique.
Y si supiese yo como estas Gentes
Dar cuerpo a los conceptos, pintar voces,
Mis trasuntos quizá más elocuentes
Harían palpable el mal que no conoces: 360
Mas ved aquí que en las más agrias fuentes
Mojando los pinceles más atroces,
He suplido con dosis de amargura
La expresión que faltaba a la pintura.
Mirad trazado el turbulento ceño 365
Y el Arte destructor de estos Titanes
Con jugo de mandrágora y beleño,
Con tósigo de sierpes y alacranes:
Es de sangre y de llanto aquel diseño,
Esta sombra, betún de los volcanes, 370
Y el incendio, que allí veis imitado,
Las ascuas de un carbón lo han dibujado.
Entonces los curiosos Cortesanos,
Para formar del cuadro clara idea,
Extendiendo los cuellos y las manos 375
Pusieron en desorden la asamblea;
Pero Teutillo en fin, que a sus paisanos
Dar un informe más cabal desea,
Dirigió la palabra a Mo[c]tezuma,
Y cobrado el aliento, dijo en suma: 380 
Antes que el Español nos despidiera,
Cargados de insidiosas bujerías,
Nos arengó a los dos de esta manera:
"Yo sólo hablaba todos estos días
En nombre de mi Dios, pero ya fuera 385
Frustrar vuestras ventajas y las mías,
El no decir que soy también enviado
Del mayor Rey que el Orbe ha respetado. 
Carlos, que impera con Amor y Gloria
Donde tiene la Aurora el rojo lecho, 390
Que ocupa al Mundo, lleno de su historia,
Y a quien un Mundo solo venía estrecho;
Honrando la amistad y la memoria
De Mo[c]tezuma vuestro Rey, ha hecho
Que por golfos intactos me transporte 395
Para obsequiarle en México su Corte". 
No lo dejé decir, porque al momento
Me acordé, Gran Señor, de vuestro encargo:
Le advertí que era osado tal intento,
Arduo el camino, peligroso y largo 400
Que será para vos mayor contento
Verlos volver por ese Lago amargo,
Servidos de Sirenas y Tritones,
Llevando nuestro afecto, y vuestros dones. 
Pero Cortés insiste, y se abalanza 405
A la presa que tiene ante los ojos,
Audaz Neblí7 , cuya feroz pujanza
No contrarrestan súplicas ni enojos:
Hacia aquí vuela ya con la esperanza
De amontonar laureles y despojos, 410
Penetra por poblados y desiertos,
Deja atrás sus bajeles y tus puertos. 
Esto escuchaba el Rey desaborido,
Su grave aspecto lívido y sudado,
Que es Tirano muy tímido el temido, 415
Y el feliz siente más ser desgraciado:
Y volviendo la vista enternecido
Al Sacerdote, que miró a su lado,
Solicitó con expresiones mudas
Oráculo encontrar a tantas dudas. 420 
Contestole el Pontífice allí mismo
Como un hombre inspirado y en demencia
Sus canas, su dolor, su fanatismo,
Daban al entusiasmo vehemencia...
"Hijo de Axaycacin8, en el abismo 425
De una noche de grima y turbulencia,
Yo presumí evocar la negra sombra 
Del Dios del Mal, que Cuatzalcoalt se nombra.
Sacrificaba el corazón caliente
De una Doncella joven y amorosa, 430
Cuando lo vi mostrarse de repente
Vestido de una nube tempestuosa:
¡Oh! ¡Cuán mudado en todo, y diferente
De su Estatua preexcelsa y orgullosa!
Las melenas y el rostro ensangrentado, 435
El cetro roto, el trono derribado.
¡Oh tú (exclamé) oh tú inmortal escudo
Del Imperio de México!, ¿qué es esto?
¿Qué mano impía maltratarte pudo?
Cómo has estado sin venir más presto 440
A preservarnos del amago rudo 
De este infausto enemigo, que molesto
Contra nosotros, contra ti se ensaña
Y a México pretende traer la España?
No me responde: sino que exhalando 445
Con íntimo dolor un gran gemido, 
¡Ah! Si esa Gente (dice) si ese Hernando
No se vuelve en la Armada en que ha venido,
México feneció, su Rey, su mando,
La libertad del Indio mal unido, 450
Mi altar y honor, tu influjo y predominio,
Cumpliéndose el eterno vaticinio.
Ve a Melinalco9 , haz que los prodigios
De cincuenta hechiceros que eligieres,
En esa tropa infundan con prestigios 455
Terror del Indio, amor a los placeres: 
Que entre ellos hallan bandos y litigios,
Deseo de su Patria y sus mujeres,
Sed de agotar las ondas de otros Mares,
De ver sus hijos, de adorar sus Lares. 460
Esto me dijo, huyendo de mi vista, 
Cual un Tifón al silbo de los vientos;
Y pues el mismo Cielo que os contrista
Os da, Señor, recurso en los tormentos;
Contraponed a Hernán y su conquista 465
Todo el poder de los encantamientos, 
Y hechizado con dones sus canoas,
Obligadle a tornar al Mar las proas".
Todo el Congreso aprueba este dictamen,
Y Mo[c]tezuma ordena a sus Lictores 470
Que Adivinos y Arúspices se llamen, 
Que vuelvan otra vez Embajadores
Y en la presencia de Cortés derramen
Regalos más opimos y mejores,
Hasta empeñarle en fin, a que se vaya, 475
Zarpando sus bajeles de la playa.
"Y cuando el mal cercano que sentimos
Llegare a los más críticos extremos,
Si como Mexicanos combatimos,
Y hacemos la defensa que podemos; 480
Nos quitarán la tierra en que nacimos,
 
Más no la tierra en que morir debemos..."
Dijo el Monarca, y para preparase,
Al Palacio del Luto fue a alojarse.
Triste Mansión, que fabricó el Quebranto 485
Del azabache y ébano más puro. 
Donde echando la Noche un negro manto,
Sólo penetra su atezado muro
La débil luz que basta en algún tanto
Para ver las tinieblas, y al oscuro 490
Un Rey en la aflicción, que sin arneses, 
De adelfas se corona y de cipreses.
Entre tanto, Cortés no revolvía
En su gran corazón menor proyecto
Que el de rendir tan vasta Monarquía 495
Y dar impulso al desmedido efecto: 
De Tabasco domada la osadía,
Ganado en Zempoala el buen afecto,
Andaba maquinando allá consigo
Ser de Tlascala vencedor y Amigo. 500
Tlascala, que en el nuevo Continente
Era nueva República de [E]scitas,
Libre y ufana, bárbara y valiente,
Le opone al paso Huestes infinitas:
Ve Cortés el peligro, y no lo siente; 505
Habla a sus tropas, y hállalas marchitas: 
Fama, cuéntame ahora, ¿por qué medio
Entró en los Españoles aquel tedio?
Dime cómo la Magia Americana
Pudo con sortilegios y conjuros 510
Suscitar la Discordia y su manzana
 
En pechos que el valor hizo seguros?
¿Cómo Furia tan vil, desde la Habana,
Vino a soplar sus hálitos impuros
Contra Cortés en el Partido entero 515
De aquel Velázquez, su Rival austero? 
La Discordia , que siempre había envidiado
Las glorias de la Hesperia y sus Alcides,10
Tras ellos sin autor se había embarcado
Con Colón y los otros Adalides 520
En la América entera había sembrado, 
Al pie de los laureles negras lides,
Para volcar de sus triunfantes carros
Los Almagres, Corteses, y Pizarros. 
Con pasos de Gigante se apresura 525
Al campo formidable de la Europa, 
Y a todo malcontento que murmura
Le da a beber veneno de su copa.
Todos claman al punto: "¡Qué locura!
Osar batir tan numerosa tropa, 530
Querer salvar tan dilatados yermos
Quinientos hombres, y los más enfermos!" 
A pesar de tan público improperio,
El Caudillo bogando en dulce calma,
Pensaba dar a España un nuevo Imperio, 535
Al Evangelio más frondosa Palma, 
Añadir a la tierra otro Hemisferio,
Infundir en los Indios mejor Alma,
Y a fuerza de virtudes y conquistas
De Antípodas triunfar, y Antagonistas. 540
Como otro Orfeo, meditaba el solo 
Forzar el Reino del Plutón avaro,
Y que en más rico aurífero Pactolo11
Bebiese el Español el metal raro;
Que las Hijas de Palas y de Apolo 545
Allí tuviesen filiación y amparo 
Cuando Marte sin casco ni trofeo,
Entregase a Mercurio el Caduceo.12
En estas circunstancias sobrevino
El nuevo Embajador de M[o]ctezuma 550
Con grana, gomas, perlas, oro fino, 
Muchas piedras preciosas, mucha pluma;
Algodón delicado como lino,
Pieles de armiño blancas como espuma;
Y habiéndolo ofrecido a Cortés todo, 555
Le dijo con firmeza, y grato modo: Ya veis
Señor con qué munificencia
Mi Rey responde a la amistad del vuestro, 
Mas advertid que de su Real presencia
Os aparta un presagio harto siniestro: 560
Volveos a embarcar con diligencia
O pasareis por enemigo nuestro:
Idos Cortés, dejad estas orillas,
Huyan de vuestros ojos nuestras villas.
Mientras que la sin par bella Marina13 565
(La Venus de Cortés y la Minerva
Que aun su propio país creyó Divina)
La arenga interpretaba sin reserva;
Lo que en su corazón él determina,
Sagaz lo oculta a toda la caterva; 570
Y vuelto al Indio, que tenía delante,
Le respondió risueño y arrogante.
Mañana, al punto que el Oriente abierto
Saliere el Sol con nuevos atavíos,
Estaréis apostado sobre el Puerto 575
Con todos vuestros peones y los míos:
Allí veréis el orden y concierto 
Con que me aguardan Urcas y Navíos,
Pues será aquel el último momento
Que os dará a conocer todo mi intento. 580
 
Apenas el Crepúsculo reyaba Bordando el
Éter de oro y de bermejo,
Y la trémula luz reverberaba
En todo el Mar como en flexible espejo;
Ya el Mexicano con su escolta estaba 585
Sobre la ribera, y al reflejo 
Del nuevo día, viendo el horizonte,
Rompió el silencio, y dijo desde el monte:
"Oh feliz tiempo aquel, no tan remoto,
En que los ojos de mayor viveza 590
Le daban a este piélago por coto 
El estrecho Non Plus de su flaqueza!
Aquel, en que el Indiano más Piloto,
Creyendo cielo y agua de una pieza,
Juzgó que navegando en su Piragua, 595
Llegar podría al cielo por el agua». 
Luego inmutado, y la atención suspensa
En lo bajeles surtos de la Armada,
Que presentaba una arboleda densa
Florida toda, toda empavesada; 600
«¡Cuánta canoa, dijo, y cuán inmensa 
Es su estructura, fuerte y encorvada!
Decidme, duros leños, ¿quién se atreve
A doblaros así, cual junco leve?
¿Quién levantó los cedros eminentes 605
Y los supo vestir de alas y colas? 
¿Cómo en la agitación de las corrientes
Pueden las naves conducirse solas?
¿Cómo los soplos de aires diferentes
Les abren el camino por las olas? 610
Céfiros, si amaináis, hoy serán vientos
Los suspiros del Indio, y los alientos». 
Estaba en esto aquella Gente absorta,
Cuando llega Cortés con sus armados
Y a las embarcaciones los transporta... 615
Todos los Indios, todos los soldados 
De la opuesta facción, facción no corta,
Con tales apariencias deslumbrados,
Quedaron persuadidos que se irían,
Y dando alegres voces lo aplaudían. 630
Mas ved aquí que de repente Hernando 
(¡Quien de pecho mortal tanto esperara!)
Por Urcas y Galeotas va mandando,
Que Ancora, Antena, Jarcia, Botavara,
Todo se fuese a prisa despojando, 635
Y que a pique la Flota allí se echara... 
Al punto (¡Escena cruel!) se experimenta
En gran serenidad, ruda tormenta.
Caen los Pendes, hiéndese la Quilla,
Salta el Timón, destrózase el Costado... 640
Y al advertir tan triste maravilla, 
Fenómeno en un Puerto no observado;
Confusas las Nereidas en la orilla,
Neptuno en sus cavernas asombrado, 
Temen al hombre, de quien son testigos, 645
Que quiere naufragar, y entre enemigos.
¿Qué hiciste entonces tú, Nigromancia
Para salvar las naves de las rocas?
Invocabas la Calma, y acudía,
Tirada de Delfines y de Focas: 650
Una sostiene el buque que se abría, 
Otra le abraza por cerrar las bocas...
Velo Cortés, se ofende, gime, y luego
A las Sirtes y al agua añade el fuego.
Corre furioso el Héctor castellano 655
Encendida una antorcha en la derecha,
Como a las naves Griegas el Troyano:
Síguenle sus Atletas con la mecha
De Cástor y de Pólux en la mano,
Y cada cual sobre la Flota se echa 660
De honor picado, de entusiasmo lleno,
Yendo delante el Santo, hijo del trueno. 
Así como la trágica pavesa,
Que un Águila arrebata en dos tizones,
Prende en el Soto, cunde, y nunca cesa 665
Atizada de recios Aquilones; 
Así rechina el fuego haciendo presa
En la seca montaña de galeones,
Y convierte sus selvas movedizas,
Como el Vesubio, en Pinos de cenizas. 670
Cubría el humo todavía el Puerto,
Cuando vuelto Cortés al Real Cacique 
Que estaba del espanto casi muerto,
Le dijo así: "¿Queréis que más me explique?
Contad a Mo[c]tezuma cómo es cierto 675
Que he echado mis bajeles aquí a pique, 
Que no puedo salir ya de esta tierra,
Y que me espere allá, o en paz, o en guerra.
Y vosotros Íberos, ya estáis viendo
Que guarda a vuestro honor el mal la espalda; 680
Que en México la Gloria está ofreciendo 
A vuestras frentes su inmortal guirnalda;
Que yo os llevo a triunfar, y que pretendo
Tengáis por presa la perla y la esmeralda:
Marchad, venced, gozad de estas Regiones, 685
Y con la Cruz alzad vuestros Pendones".
Entonces, del dolor y amargo celo,
Dio tan ronco clamor la Idolatría
Que retumbó la bóveda del Cielo:
Corrió el Monstruo fatal por la bahía, 690
Con ceño torvo y arrastrado vuelo, 
A acantonar la dura tiranía
De su solio infernal y sanguinario
En la opaca región del Lago Notario.
"México fue (gritaba) su Dominio, 695
Su antiguo lustre, su opulencia extraña 
Debió finar, según el vaticinio,
Por un Héroe que obrase tal hazaña:
Todos verán, después de su exterminio,
Tan pingues tierras hechas Nueva España; 700
Y que la España, cuya Fama crece,
Otros Méxicos Nuevos establece. 
Mo[c]tezuma el sañudo, ya el postrero,
Mas que en las dichas, ínclito en las penas,
Se verá sobre el Trono prisionero, 705
Cautivo y Rey, con cetro y en cadenas: 
Sus Vasallos, con raro desafuero,
Le matarán, rasgándole las venas,
Y empezarán con pompa a dominarlos
Grandes Felipes, Religiosos Carlos. 710
Y ese Cortés, que abrasa sus bajeles 
Agatocles mejor de esta Cartago,
Para que Fénix de cenizas crueles
Renazcan Bergantines sobre el Lago;
Sepa que sus triunfos y laureles 715
Será el noble trofeo, el mayor pago,
Que en el Pindo Español esta se estime
Por su acción más gloriosa y más sublime".